lunes, 16 de junio de 2008

Maniqueo, otra vez entre nosotros

"La Presidenta comenzó a hablar públicamente cada día a partir de la crisis del campo. A lo largo de sus incesantes discursos, que contrastan fuertemente con el hermetismo de su marido, dejó traslucir una visión quizás inconscientemente maniquea"

Publicado en LA NACIÓN el domingo 6 de abril de 2008

Maniqueo, otra vez entre nosotros
Por Mariano Grondona

La palabra "tregua" proviene de la voz germánica triggwa, que significa "tratado". Pero en rigor la tregua no es un tratado sino algo previo: la suspensión de las hostilidades entre las partes por un plazo, para ver si en su transcurso consiguen elaborar un tratado. Si lo consiguen, a la tregua sigue la paz. Si no lo consiguen, después de la tregua vuelve la guerra.

Así definieron las belicosas tribus germánicas el significado original de la voz triggwa, concebida como una etapa intermedia entre la guerra y la paz. Como una etapa intermedia y además "incierta" porque nadie sabe, cuando ella comienza, en qué terminará. ¿En qué terminará entonces la tregua de treinta días que el campo le concedió al Gobierno el último miércoles en la asamblea federal de Gualeguaychú? En esta instancia inicial de la suspensión de las hostilidades entre ambos contendientes, pesa el pesimismo.

La primera razón de esta primacía inicial del pesimismo es de naturaleza política. Han quedado a la vista, en efecto, los dos objetivos políticos que busca el Gobierno en medio del conflicto. El primero de ellos es dividir al campo entre la parte más desvalida de los pequeños productores y los productores restantes, ya sean pequeños, medianos o grandes, porque a aquéllos, pero no al resto, se les prometen subsidios para compensarlos por el nivel confiscatorio de las nuevas retenciones que anunció el ministro Lousteau el 11 de marzo.

Por detrás de esta "concesión" asoma por otra parte la razón profunda de la iniciativa del Gobierno, que no es otra que incluir a algunos miles de pequeños productores rurales dentro de la red del clientelismo. Si los presuntos beneficiarios de esta medida aceptan recibir las compensaciones ofrecidas, ya no serán productores independientes, sino simples "clientes" de la caja del Gobierno, que de este modo ampliaría considerablemente su vasta red política de dominación, en la que ya figuran atrapados decenas de gobernadores, cientos de legisladores, miles de intendentes y millones de argentinos en estado de necesidad.

¿Aceptarán los productores más pequeños entre los pequeños esta sustitución del precio del mercado al que tienen derecho por la dádiva oficial? Es difícil afirmarlo porque ya los han frustrado varias veces con subsidios prometidos que no se entregaron, lo cual debilita la credibilidad del Gobierno, porque no quieren vivir del clientelismo en cuya dirección los aprietan las autoridades nacionales y también porque esperan, después de tres semanas de una impresionante movilización que cubrió el país desde La Pampa hasta el Chaco, que resulte verdad lo que ellos mismos proclamaron en las rutas: que, a condición de mantenerse unido, el campo "jamás será vencido".

Maniqueo
La segunda razón del pesimismo va más allá de la política para llegar a la ideología. Las ideologías, como se sabe, ya no operan en el nivel superficial del razonamiento estratégico de los actores, sino en el nivel más profundo de sus creencias. Ya le sería difícil al Gobierno abandonar la estrategia política de la que hablábamos, pero más difícil aún le será abandonar una visión ideológica de la realidad que podríamos llamar maniquea.

La principal dificultad de las religiones monoteístas ha sido, como se sabe, justificar a Dios, un Ser infinitamente sabio, bueno y poderoso, por el mal que abunda en este mundo que El ha creado. Ha habido diversas justificaciones de Dios a lo largo de la historia, pero aquí querríamos destacar sólo una de ellas, el maniqueísmo, elaborado por un autoproclamado profeta llamado Mani, Manes o Maniqueo, que vivió en el siglo III después de Cristo. Si bien fue educado en el cristianismo, Maniqueo era persa y, como tal, había sido influido por la religión dualista del mazdeísmo, que creyó encontrar la respuesta frente a la existencia del mal diciendo que éste existe porque no hay un solo Dios, sino dos de igual potencia, Ormuz y Ahrimán. De Ormuz, dios de la luz, provenía todo lo bueno. De Ahrimán, dios de las tinieblas, todo lo malo. De este modo, Maniqueo "salvaba" a Dios de toda responsabilidad por el mal en el mundo, pero al precio de negarle su omnipotencia.

De Maniqueo en adelante, sus incontables discípulos cristianos o no cristianos (otro persa reciente, Khomeini, fue uno de ellos) vieron la historia como un campo de batalla entre el Bien y el Mal, atribuyéndose a sí mismos la bandera del dios "bueno" y atribuyéndoles a sus enemigos la bandera del dios "malo", a quien a veces identificaban con Satanás.

La pregunta, aquí, se torna sustancial. La Presidenta comenzó a hablar públicamente cada día a partir de la crisis del campo. A lo largo de sus incesantes discursos, que contrastan fuertemente con el hermetismo de su marido, dejó traslucir una visión quizás inconscientemente maniquea.

Los dichos de Cristina
Dos pasajes que la Presidenta incluyó en sus discursos llaman la atención por su espíritu maniqueo. En la Plaza de Mayo, Cristina Kirchner repitió varias veces que, en sus doscientos años de historia, la Argentina ha tenido sólo un buen gobierno: el de su marido y el de ella. ¿No es demasiado? ¿Se puede omitir de un solo trazo a Saavedra y Moreno, a Sarmiento y Pellegrini, a Yrigoyen y hasta al propio Perón, sin asomarse al maniqueísmo? En otro pasaje, la Presidenta adhirió a dos valores que considera supremos: la Patria y el modelo. La Patria es de todos y no solamente de los Kirchner. El modelo, que por otra parte ha empezado a hacer agua, es sólo de los Kirchner. ¿Nos hallamos aquí sólo ante un exceso retórico o ante la auténtica creencia en el papel providencial de una pareja?

La tentación maniquea que asalta a la Presidenta se ratificó, por otra parte, cuando abrazó en la Plaza de Mayo sólo a Néstor, su marido, y a Hebe de Bonafini, el símbolo reconocido de la ideología montonera. ¿Quién absolvería a los Montoneros del espíritu maniqueo? ¿Quién podrá conciliar las huellas de sus acciones con el pluralismo democrático? Si no nos hallamos frente a un colosal ejercicio de simulación, ¿cómo despegar estos dichos, estos gestos, del legendario Maniqueo?

Pero hemos encabezado este artículo diciendo que Maniqueo "vuelve a estar entre nosotros" porque la atribución de todo el bien a nuestros amigos y de todo el mal a nuestros enemigos ha sido la marca más visible de los desencuentros argentinos. Unitarios y federales, radicales y conservadores, peronistas y antiperonistas, montoneros y militares, ¿no creyeron cada uno a su turno que habían venido a erradicar el Mal encarnado en sus enemigos? Si la Argentina no ha logrado aún el pleno desarrollo al que aspiró, si sigue perdiendo posiciones incluso en América latina ante países como Brasil, México y Chile, ¿hasta dónde esta frustración que todavía la atenaza no se ha debido a que fue incapaz de pensarse a sí misma como una unidad en la diversidad?

En la fábula de la carrera entre la liebre y la tortuga, en tanto ésta avanza pausadamente, aquélla arranca con una alocada carrera. Poco tiempo después, la liebre se cansa o se distrae y la tortuga la sobrepasa. En su edición del 22 de marzo, la revista The Economist compara a la Argentina de los Kirchner con la ansiosa liebre y al Brasil de los Cardoso y de los Lula con la paciente tortuga.

sábado, 15 de diciembre de 2007

Carlos Zanini, un influyente proveedor de ideología


"Se volcó a la izquierda dura: formó filas en Vanguardia Comunista, una agrupación inspirada en el pensamiento y la acción de Mao y su revolución socialista en China"

Publicado en Clarin el domingo 13 de junio de 2004

AZÚCAR O SACARINA?

Carlos Zanini, un influyente proveedor de ideología
Julio Blanck
jblanck@clarin.com

Ni él ni nadie podrían haberlo sabido jamás, pero el Destino aguardaba lejos de Villa Nueva, su pueblo cordobés. Lejos de aquella adolescencia, cuando se desgañitaba en la tribuna gritando los goles del club Alem, o cuando se hizo habitué del Sport Social de Villa María, la ciudad grande y vecina, porque allí estaban las chicas más lindas y de buena familia.

Carlos Zanini, abogado, 49 años, cuatro hijos, aceptable jugador de tenis, hincha de Boca y tanguero de ley, es hoy bastante más que la formalidad del cargo que ocupa en la Presidencia. Es, en verdad, el consejero más influyente de Néstor Kirchner, el hombre que está detrás de toda decisión relevante y un discreto pero constante proveedor de ideología para el Presidente y su gestión.

De aquella adolescencia ilusionada en Villa Nueva pasó a las turbulencias universitarias en Córdoba, al despuntar los años 70. Los estudios de Derecho se le mezclaron con la militancia. Cuando la moda era ser peronista revolucionario él se volcó a la izquierda dura: formó filas en Vanguardia Comunista, una agrupación inspirada en el pensamiento y la acción de Mao y su revolución socialista en China. De esos tiempos agitados le quedó una vieja y recíproca inquina con José Manuel de la Sota, a la sazón joven dirigente de la ortodoxia peronista cordobesa.
Aunque nunca siguieron al pie de la letra el precepto de Mao según el cuál "el poder nace de la boca del fusil", cuando el cielo se ennegreció en la Argentina casi todos los dirigentes de Vanguardia Comunista terminaron muertos o desaparecidos. Zanini, en comparación, la sacó barata. Después del golpe de 1976 fue detenido en Córdoba (esa noche, en la misma razia cayó De la Sota), pasó cuatro años preso y cuando salió aceptó la invitación de un amigo para empezar otra vida y mudarse a Río Gallegos.

Ese amigo, Roberto Arizmendi, terminó con los años siendo subsecretario de Información Pública de Kirchner en Santa Cruz. Y fue quien le abrió a Zanini la relación con el actual Presidente. Se conocieron cuando el Gran Pingüino ni siquiera era intendente de Río Gallegos y el abogado cordobés recién entraba a trabajar en la Fiscalía de Estado provincial.

Desde entonces Zanini cambió de camiseta política, tanto que preside la unidad básica "Los Muchachos Peronistas", y ya no se separaría de Kirchner, a quien acompañó en todas sus gestiones. Fue secretario de Gobierno municipal en Río Gallegos en 1987, ministro de Gobierno santacruceño en 1991, jefe del bloque de diputados provinciales del PJ en 1995, presidente del Superior Tribunal de Justicia en 1999 (todo un símbolo de cómo entiende Kirchner la independencia de la Justicia) y desde 2003 es secretario de Legal y Técnica de la Presidencia.
A pesar de la seguidilla de cargos, Zanini es un hombre que escapa de la exposición pública, mantiene un perfil bajísimo y huye de los periodistas. Se ha dicho que pocos le conocen la voz y que la mayoría no podría identificar su rostro en la foto de un acto oficial. En su aspecto y sus modos nada denota al hombre influyente y poderoso: eso es toda una definición personal y política.

Creció a la sombra de Kirchner y allí parece estar muy cómodo. Dos datos más sustentan su gravitación en el círculo íntimo presidencial: disfruta de la total confianza de la primera dama y tiene una capacidad de lectura política de la realidad superior a la media, que quizás haya forjado en sus años de disciplinada militancia juvenil.

Si se quiere seguir la huella de Zanini, habrá que repasar los discursos presidenciales en cuya redacción siempre interviene, o todas las medidas trascendentes que tomó este Gobierno.
Es de los muy pocos a quienes Kirchner les tolera una palabra fuerte. Y casi el único que se atrevió a criticar al Presidente por los descuidos de salud que lo llevaron a la gastritis sangrante y la internación en abril: "Se cree Superman", dijo.

Pero de común es un hombre afable, determinado, constructor laborioso de un poder que disfruta otro. Y tiene buen humor, aunque no se sabe cómo tomaría una frase inolvidable de Groucho Marx: "La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después remedios equivocados". Claro, Zanini nunca fue marxista.

Ministra de Economía activista de Vanguardia Comunista


Extracto de la biografía de Felisa Miceli en Wikipedia.


Felisa Josefina Miceli (n. en Luján, Provincia de Buenos Aires, 26 de septiembre de 1952[1] ) es una economista argentina que estuvo a cargo del Ministerio de Economía y Producción de Argentina. Fue nombrada por el presidente Néstor Kirchner el 28 de noviembre de 2005 en reemplazo de Roberto Lavagna, convirtiéndola en la primera mujer en la historia argentina en estar a cargo de esa cartera. Renunció el 16 de julio de 2007, en medio de un escándalo de corrupción. [2] [3] .
Miceli fue alumna de Lavagna en la Universidad de Buenos Aires. Fue una activista de izquierda en los años '80, miembro del por entonces Vanguardia Comunista, y formó parte del directorio del Banco de la Provincia de Buenos Aires entre 1983 y 1987. Luego, a principios de los años '90, trabajó en la consultora de Lavagna, Ecolatina. En mayo
de 2002, durante la presidencia de Eduardo Duhalde y en el pico más álgido de la crisis económica argentina, pasó a formar parte del equipo de trabajo de Lavagna como representante del Ministerio de Economía ante el Banco Central. El 30 de mayo de 2003 se convirtió en presidenta del Banco de la Nación Argentina.

[...] A mediados de 2007, Miceli se vio envuelta en un escándalo de corrupción por una bolsa con dinero, que contenía cien mil pesos argentinos y treinta y un mil seiscientos setenta dólares estadounidenses, encontrada en el baño de su despacho [4] . Al ser llamada a declarar por el fiscal Guillermo Marijuán, presentó la renuncia a su cargo el 16 de julio de 2007.


Ministra de Defensa montonera


Publicado en OPI SANTA CRUZ el Sábado 15 de Diciembre de 2007

DEFENSA MONTONERA
Por: Rubén Lasagno

Si algo faltaba para denigrar aún más a las Fuerzas Armadas del país el presidente Kirchner se encargó de ponerle el broche de oro con el nombramiento de Nilda Garre al frente de Defensa, un área que como tantas otras debe estar exclusivamente reservada para gente con capacitación en materia de política exterior, relaciones públicas y un profundo conocimiento de la problemática militar y estratégica, pero por sobre todo creo que la lectura que implica este cambio es más política que positivista.

Nilda Garré es una militante montonera ex mujer del montonero Abal Medina y su pasado ha sido utilizado por el presidente para demostrarle a los uniformados que el que manda es él y los montoneros que ha elegido en su defecto y por lo tanto es su potestad la de someterlos a cuanto capricho ideológico se le ocurra porque para eso llegó con el 22 % de apoyo ciudadano.

El cuadro de Videla bajado por las propias manos del máximo representante de la Fuerza subido a un banquito mientras dejaba el piso el orgullo y la dignidad y la imposición de una militante montonera en la conducción política de la cartera es un desafío flagrante, una bofetada de mano abierta en la cara de los que todavía (si los hubiera) ostentan la reverencia a las viejas costumbres militares, a los retirados que susurran entre si la valoración de la ofensa y a los más jóvenes a quienes les está diciendo que vestir un uniforme no engrandece ni compromete, es simplemente un ropaje que enmudece a quien lo luce en honor a la historia que mancharon y les hace pagar los pecados implícitos por lo que hicieron hace 30 años los viejos generales que ya no viven. Esto sin contar que interiormente Kirchner está convencido que no sirven para nada, que su existencia es irrelevante y quizás en el fondo sea este pensamiento una cuestión de estado porque junto Menem y Alfonsín se han encargado de destruir la moral y la institución sin ningún tipo de intenciones de reconvertirla o mejorarla en su sustancia. Por supuesto que los únicos buenos están del otro lado, precisamente de la filas donde hoy extrajo a la funcionaria de Defensa.

La llegada de Nilda Garré es un desafío desatinado de un presidente provocador y muy poco político, con una soberbia incontenible y un permanente deseo revanchista que se revela en el dispendio de ofensas sin sentido.

En tanto él se preocupa por reverdecer el césped de la memoriosa gesta montonera a la que nunca pareció aferrarse tan sublimemente cuando vivía en Santa Cruz, ha transformado al Ejército en una institución de límites difusos los cuales en función de “la integración a la sociedad” que repiten cada uno de los funcionarios de su harem como loritos, despliegan actividades de “colaboración social” o con el estado que en no pocas oportunidades ha merecido críticas y denuncias de las cuales aún no se ha repuesto el propio Bendini de su paso por Río Gallegos.

Hoy el ejército alquila máquinas viales, se ve involucrado de alguna manera en la obra pública, licita, compra y mantiene estrechos vínculos con empresas privadas y decide junto al estado provincial y nacional asentamientos y construcción de infraestructuras como si se tratara de un Ministerio más, sin que la sociedad civil tenga mucho derecho a entrometerse en las “cuestiones militares” que en este caso el propio gobierno se encarga de mantener lejos de la curiosidad de la gente.

Nunca existió convicción ni un esquema planificado de reconversión de las FFAA. Y muchos menos ahora que hay un presidente que las desprecia mucho más que los anteriores.

Posiblemente si fracasa Garré no dude en nombrar en su lugar a su madre putativa, Hebe de Bonafini, después de todo sería una acción congruente con la necesidad que siente Kirchner de molestar y crear discordias más que de generar consensos.

Link: http://www.opisantacruz.com.ar/marcosup/Columnas/3.htm
Foto: Nilda Garré, jurando su cargo como ministra de Defensa. (AP)

Información Montoneros en Wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/Montoneros

lunes, 10 de diciembre de 2007

Todos los muertos merecen tener un lugar en la memoria

Todos los muertos merecen tener un lugar en la memoria. Las víctimas del terrorismo, olvidadas

Artículo publicado en la sección Opinión de LA NACION el Viernes 7 de diciembre de 2007

Su mirada es limpia, profunda, dulce. Pero habla con la fuerza de los que se comprometen más allá de la comodidad y el aplauso. La contemplo en su juventud hiriente, bella, frágil, y algo parecido al sentido materno me inspira un instinto de protección que nadie me ha pedido. Sin embargo, Victoria Villaruel no desea ser protegida, sino escuchada, y su causa fluye por su verbo atropelladamente, casi sin aliento, quizás acostumbrada a tener pocas oportunidades para ser oída.

Estamos en el vestíbulo de los despachos de un amigo, y cuando Victoria ha acabado su explicación, la atmósfera se torna densa. Me dice, con el hilo de una tristeza infinita: “¿Nadie me escuchará?”. Noto un rasguño en la conciencia.

Me habla de mujeres que murieron un día cualquiera, caídas bajo balas que no llevaban sus nombres; ellas acompañaban a sus maridos, a sus hijos, a sus vecinos. Me habla de esa niña de 3 años, la primera víctima.

Me habla de Patricia Gay, de sus padres asesinados ante su mirada adolescente, de su suicidio posterior. Me habla de jóvenes soldados, salidos de la pobreza norteña para ganar una comida caliente y unos pesos seguros. Jóvenes del pueblo más llano, asesinados bajo la etiqueta de “enemigos del pueblo”.

Me habla de ese periodista… y de la bomba..., y de tantos, y la muerte se acumula en la estancia con la temible fuerza arrolladora que la define.

Fueron cientos, la mayoría asesinados antes de la dictadura, víctimas de una revolución que clamaba por la vida, pero hincaba sus pezuñas en el odio. En esta Argentina torturada, cuya dictadura sangrienta, malvada y feroz dejó un reguero de sangre, dolor y rabia, existieron víctimas distintas de las víctimas oficiales, víctimas que no tienen su lugar en la memoria, ni reciben el aplauso oficial, ni salen en las lágrimas públicas. Víctimas que aún se esconden por los rincones de la clandestinidad, como si fueran responsables de su propio asesinato, como si, por haber sido escogidas para morir, tuvieran culpa. Víctimas convertidas en victimarias. Esas víctimas reclaman, desde la oscuridad del olvido, su hueco en la historia de la Argentina. Y, sin embargo, aún no lo tienen.

Me dicen los amigos: te metes en un hormiguero. Sin duda, sobre todo porque soy una extranjera pisando minas de tiempo, y si los propios argentinos aún no han hecho las paces con su memoria –su memoria al completo–, ¿quién es nadie ajeno, para venir a pasar cuentas?

No es ésa la arrogancia de este artículo. Al contrario, parto, si me permiten, de un ejercicio de autocrítica severo y humilde. En España tardamos mucho en descubrir que la maldad del franquismo no justificaba otras maldades. Luchamos como supimos –mal y a destiempo– por recuperar unas libertades que llegaron cuando el dictador murió en la cama. Durante esos largos años de persecuciones, cárcel, exilio y muerte, todo lo que se escondía bajo el paraguas del antifranquismo merecía la etiqueta de heroico y de justo. Y así, nos tragamos el malvado sapo de las bombas de ETA, hicimos borrón a los desmandes trágicos de la República, olvidamos a las víctimas del otro lado y convertimos la realidad española en un mapa maniqueo de buenos y malos.

Por supuesto, el franquismo fue, como toda dictadura, intrínsecamente malvado, y nada justifica ni uno solo de sus abusos, sus atropellos y sus violencias. Mi familia, en este sentido, sabe muy bien de qué hablamos. Pero ni todo fue heroico en el otro lado, ni todo fue justo, ni todo es justificable. Muy al contrario, bajo la noble pancarta de la lucha por las libertades, se escondieron discursos y personas que nunca amaron a la libertad, pero que la usaron como eficaz y violenta excusa. El ejemplo más atroz de ello han sido las víctimas de ETA.

Durante años, y hasta bien entrada la democracia, los familiares de las víctimas de ETA tenían que esconderse bajo los rincones de la vergüenza y el silencio, no reconocidas por casi nadie, culpables de haber merecido la diana que un etarra cualquiera, desde su zulo de muerte, les había pintado. Me avergüenza decir que la sociedad española fue largamente injusta con las viudas, los hijos, los amigos, todos los que perdieron a un ser querido, a causa del terrorismo vasco.

Y si abrimos el melón de los actos violentos de la guerra civil, aún cuesta, en el lado progresista, reconocer a las monjas, a los curas, a los disidentes que las patrullas revolucionarias mataban en las noches de saqueo, mientras gritaban “¡muerte a Franco!”. Ser meridianamente claro en la denuncia de la maldad de una dictadura nunca puede implicar amnesia con la propia responsabilidad, desprecio a las otras víctimas, las que generó el bando “amigo” y, sobre todo, justicia de doble moral. Ese error trágico, malvado para todos los que sufrieron, lo cometimos durante décadas.

¿Cuál es el error que cometen ustedes, los argentinos? Por supuesto, ésa es una pregunta cuya respuesta sólo puede surgir de los propios argentinos. Pero me atrevo a sugerir algunas ideas críticas, quizás abusando del amor por este país y de la complicidad que he ido tejiendo con su historia.

La primera idea fundamental es que no hay víctimas buenas y víctimas malas. Las víctimas lo son integralmente, más allá de quiénes apretaron el gatillo. La víctima de una dictadura no es más víctima que la que cayó bajo las balas de un grupo de terroristas, decididos a imponer, con la violencia, sus ideas revolucionarias. Perpetrar todo un edificio de memoria y dignidad, expulsando de ese edificio a una parte sustancial de los que cayeron, es construir sobre barro. Peor aún, es intentar hacer justicia con cimientos injustos.

Si, además, se abre en canal el pasado, se juzga a los criminales, se levantan las amnistías, pero todo ello se hace con la mirada tuerta, sólo hacia un lado de la balanza, entonces se consolida otra forma de maldad. No se hace justicia. Se perpetra venganza.

Ya sé que a estas alturas del artículo, muchos se sentirán escandalizados. “No es lo mismo un dictador, que un revolucionario”, gritarán indignados. No. Son dos formas distintas de violencia. Pero ambas dos son violencia. Nadie dio permiso a los militares para secuestrar, asesinar, torturar a centenares de personas. Ello es tan evidente, que no está sometido a discusión, y no puede quedar impune. Sin embargo, ¿por qué es tan difícil afirmar que tampoco, nadie dio permiso a un grupo de iluminados para que se fueran a las montañas, mataran a decenas de personas y crearan un clima de terror?

Mi amigo Iván me cuenta cómo aprendió, de niño, a tirarse al suelo, cuando jugaba en la calle y aparecía, por la esquina, una furgoneta negra. Ese clima de terror en nombre de una revolución, cuya ideología era totalitaria, ¿quién tuvo el permiso de crearlo? ¿Quién les dio permiso a los Firmenich para decidir la muerte de padres, hijos, maridos de decenas de argentinos? Y, si ello es así, ¿cómo puede construirse el futuro sobre una parte de la memoria trágica ignorando, ninguneando, despreciando a la otra? ¿Cómo pueden quedar impunes los “otros” crímenes, los “otros” culpables?

“Sólo queremos que nuestras víctimas existan como víctimas.” Sólo un rincón en la memoria. Victoria Villaruel preside el Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas y, hoy por hoy, su lucha es casi clandestina. Por no tener, no tiene ni derecho a visita oficial, señalada como apestada por una dirigencia que ha decidido reescribir la historia con renglones torcidos. ¿Su culpa? Recordar que, más allá de las víctimas caídas bajo la maldad tiránica, existieron víctimas caídas bajo la maldad revolucionaria. Y ese recuerdo es, según parece, un anatema, quizá porque determinada izquierda ha impuesto la inmoralidad de la doble moral. Una forma de mentir sobre la Historia.

Hay víctimas, pues, en esta Argentina que tanto habla de víctimas, que no tienen quién les escriba. Pero están ahí, sin ojos, sin manos, sin recuerdos, sin palabras. Están ahí, y sus silencios pesan como si fueran gritos.

Por Pilar Rahola
Para LA NACION

La autora, española, es periodista y filóloga.
Link corto: http://www.lanacion.com.ar/968790

La enfermedad moral totalitaria


"El totalitarismo de izquierdas es una repugnante enfermedad moral. El de derechas también, naturalmente, pero eso es algo mundialmente admitido"

Nota de la periodista y escritora española Rosa Montero publicada en EL PAIS el 4 de abril de 2007

La oscarizada película alemana La vida de los otros, del principiante Florian Henkel-Donnersmerck, debería ser proyectada en los colegios. Es una obra maravillosa capaz de reflejar el horror de una dictadura totalitaria, en este caso la de la República Democrática Alemana. Y ese horror está explicado sin excesos, sin torturas, sin recurrir a los trazos gruesos, con la mera exposición de la perversión del sistema, de la absoluta falta de libertad. Con el agravante de que todo eso, toda esa aberración social y esa pena negra, se enmascaraba bajo un mentiroso manto de bellísimas palabras e intenciones, bajo la excusa de la revolución, del bienestar de los pobres y de la justicia. El totalitarismo de izquierdas es una repugnante enfermedad moral. El de derechas también, naturalmente, pero eso es algo mundialmente admitido: nadie discute el carácter patológico del nazismo. Y, sin embargo, ¡cuántos izquierdistas siguen añorando, disculpando y mitificando los infiernos de las dictaduras populares!

El perfecto ejemplo de esta ofuscación ética es el caso de Cuba. La verdad es que no consigo entender cómo personas que en todo lo demás se muestran sensatas, y que parece que son buena gente, y que denuncian con vigor los abusos que se cometen en otras partes del mundo, son capaces de perder de repente todo criterio y de ponerse a justificar los mismos abusos si suceden en Cuba. ¿Qué se están jugando para cegarse así? ¿El narcisismo de dividir el mundo entre buenos y malos y de adjudicarse a perpetuidad un puesto entre los primeros?

Hará cosa de un mes se presentó en Madrid Archivo Cuba, una fundación independiente con sede en Nueva York y dirigida por María Werlau, experta en relaciones internacionales. Como bien contó Maite Rico en un estupendo artículo en este periódico, Archivo Cuba está intentando hacer un registro fiable de todas las víctimas de la dictadura cubana, independientemente de su ideología, desde el principio mismo de la revolución en 1959. Es un trabajo riguroso basado en todo tipo de datos, desde recopilaciones bibliográficas y periodísticas a informes de la OEA u otros papeles oficiales, trabajos de Amnistía Internacional o Human Rights Watch, y testimonios de familiares de las víctimas y de testigos directos, como milicianos, funcionarios o médicos que terminaron saliendo de Cuba. Así han llegado por ahora a 8.190 víctimas, que no son ni mucho menos las cifras totales, sino tan sólo aquellas documentadas fehacientemente. De ellas, 5.775 fueron ejecutadas, 1.231 asesinadas extrajudicialmente, 200 desaparecidas y 984 muertas en prisión por diversas causas. Entre los muertos hay mujeres embarazadas y 54 casos documentados de niños. Archivo Cuba intenta ser la base para una futura Comisión de la Verdad, al estilo de las que se han formado en Chile, Guatemala o Argentina, para sacar a la luz las atrocidades cometidas y poder cerrar esa herida y seguir adelante.

María Werlau fue desgranando esta lista de horrores con emoción y ecuanimidad, en uno de los actos más conmovedores a los que he asistido en mi vida. Porque las palabras de Werlau no estaban movidas por la ideología, sino por el respeto a la verdad y al dolor de las víctimas. Por la responsabilidad de la memoria social. María estaba ante nosotros como un testigo del sufrimiento, de todas esas historias silenciadas que había ido recolectando y que le pesaban entre las manos: "¿Cómo es posible que el mundo ignore todo esto?", se quejaba con sosegado asombro. En Chile, bajo la dictadura de Pinochet, hubo 3.197 muertos y desaparecidos, y por fortuna el mundo entero supo de esas víctimas desde el principio. En Cuba se duplicó esa cifra sólo en los primeros años del castrismo, pero los muertos cubanos vuelven a ser asesinados cada día por el silencio y el abandono internacional. Esa desesperación, esa acongojada responsabilidad de quien tiene que hablar por las víctimas, latían bajo las contenidas y competentes palabras de Werlau. Al final intentó leer un testimonio y, sorpresivamente, se le saltaron las lágrimas: ahí supimos que el testimonio era de su madre, y que el padre de Werlau había sido uno de los muertos del castrismo. Todos cuantos estábamos presentes tuvimos que tragar un nudo de emoción. La sala se encontraba llena de periodistas conmovidos y convencidos, pero luego, claro está, tampoco salieron muchas informaciones al respecto. Cuesta mucho romper el techo de silencio, las viejas rutinas mentales, la extraña impunidad que rodea a Castro.

http://www.rosa-montero.com

Link: http://www.elpais.com/articulo/paginas/enfermedad/moral/totalitaria/elppor/20070408elpepspag_12/Tes

Delitos de lesa humanidad


"Ninguna ideología nos debería privar de la razón"


Publicado en la sección Cartas de Lectores de LA NACION del viernes 7 de diciembre de 2007

Ingrid Betancourt

Señor Director:

"La dramática carta de Ingrid Betancourt a su madre, publicada en LA NACION del 1/12, me hace reflexionar acerca de si se puede pensar seriamente y con honestidad moral que los delitos -asesinatos, secuestros, torturas físicas y morales, etcétera- cometidos por los guerrilleros terroristas de cualquier ideología y en cualquier lugar del mundo no sean considerados delitos de lesa humanidad, para poder juzgarlos y condenarlos sin prescripción alguna, con derechos y garantías que éstos no dan, ni han dado nunca, a sus víctimas.

"Ninguna ideología nos debería privar de la razón."

Eduardo Gasulla
Avda Santa Fe 3681
eduardogasulla@redesdelsur.com

Link corto: http://www.lanacion.com.ar/968768

Foto: Monumento a las victimas terrorismo, Valdemoro, España. La imagen no corresponde al la publicación original. http://fotos.devaldemoro.es/fotos/displayimage.php?album=lastup&cat=12&pos=6